dimanche 10 avril 2011

Tulum, encuentro con Él Sinombre

... Continuación de

Él Negro, profeta en persecusión del presente
(uno para todxs y para todxs, todo) 

Sebas había salido primero en una camioneta cargada de tambores, maracas, sonajeros y una guitarra. Con él viajaban Ia y Violeta, y habían hecho una travesía de América del Norte presentando su despertáculo, que era como llamaban sus funciones de baile, tambores y canto, producto de una fusión de ritmos afro-caribeños con danza contemporánea y, para sobrevivir, arte callejero. Él Negro, había volado desde la Habana, aterrizando en Cancún sólo para descansar un día, y había comenzado un recorrido en solo por los edificios remanentes de la cultura Maya;  Chichén Itzá y Cobá fueron sus primeras paradas. Pisar aquellas construcciones antiguas le hacía pensar en el destino y la inmovilidad de lo que está hecho para durar, para la eternidad. Algún día, pensaba, todos nuestros pasos serán recordados porque se vienen tejiendo con una precisión de bloque de piedra Inca, que hila los relatos del Popol Vuh; así mismo se narrará el encuentro predeterminado entre Sebas, Él Negro, Ia y Violeta; ese abrazo que se dieron al verse en el patio de un hostal de artesanos, donde Él Negro había pasado una noche, casi coincidiendo con el arribo de los loquitos en la Guanábana, que era el nombre de la Van.

Se contaron historias, enseguida fueron a tocar en una terraza para poder sentarse a comer y estar tranquilos, no se veían desde la salida de Montreal y tenían que contarse los sueños de los caminos bifurcados. ¿Jose? José voló con Carmesí a Bolivia. ¿Y Saulo? Saulo se quedó en San Cristobal con una maestra de yoga. Así se iban actualizando de las peripecias de parte y parte. Angie se había separado desde Xalapa con Lupa y otros tres, pero se habían prometido reencontrarse en Guatemala, y así extendían el campo de acción, recorriendo territorios diferentes, topándose de nuevo en el camino, y enriqueciéndose de las experiencias vividas, un nuevo comienzo cada vez, como esta, en que se reunían la noche previa al día primero del calendario Maya, e Ia propuso pasar la noche donde un Yogi que había aceptado recibirlos con una condición que no había hecho explícita. Asintieron, el día había sido largo para todos y era la hora de buscar el reposo.

Entraron caminando por la playa, la entrada del lugar tenía un letrero que advertía ser vigilada por Venditto. ¿Será Vendido o Bendito? preguntó Él Negro. Todavía no sabemos, respondió Ia, por ahora es bendito porque accedió a dejarnos quedar un mes, claro con la condición de colaborar con los quehaceres del lugar. Razonable, opinó Violeta. Pero todavía no nos ha aclarado del todo el funcionamiento del trato, dijo Sebas, que sabiamente encimó: amanecerá y veremos. Y era tan cierto, porque amanecer era la traducción en Maya de la palabra Tulum. En Tulum verían el amanecer del primer día, después de una noche arrullados por el ímpetu de las olas y el susurro constante del viento, que con su constancia aprobaba el encuentro de estos viajeros.

No hubo despuntar el primer haz de luz y ya Ia estaba despierta y al salir de la carpa levantó al Negro que fue a hacer ruido en el cobertón de la otra carpa, para que se parara la pareja y observaran juntos el espectáculo del Dios Sol descobijándose de las aguas. Lo observaron sentados en la arena blanca y fina, que el mar se daba la maña de moler para verse azul como el cielo que tiene por nubes las crestas de las olas.

De lejos se veía a un señor de barba que se acercó y se presentó como Venditto, les dio la bienvenida, y les comenzó a hablar de su proyecto. "As you see it there, dijo refiriéndose a un edificio en construcción, "it is my dream to build a place for peace and meditation, like a monastery where healers and yogis can converge and practice the ancient practice of yoga". El edificio era una mezcla sincrética de palapa mexicana, con resort cinco estrellas, con jardines esmerados y cabañas individuales para turistas en busca de sanación de ese podrido primer mundo. Venditto continúo enumerando los beneficios de sus técnicas orientales, de cómo sus poderes habían sanado pacientes en el imperio, los mismos que se podían servir de sus propiedades privadas: este hotel, doscientas cuarenta hectáreas de selva y un cenote que él ya tenía en su haber. La propiedad privada, pensó Él Negro, es el cáncer del mundo, que se apropia, hace metástasis y se reproduce en los órganos mas privilegiados del mundo: donde había una playa hermosa, ahora no quedan mas que portones cerrados y guaridas que impiden el acceso del pueblo a sus propias tierras.

Venditto continuó explicando los requerimientos para poder quedarse acampando en su propiedad, aclaró sus horarios de funcionamiento: talleres de meditación en la mañana y en la tarde, justo antes de que llegaran los trabajadores a continuar con la construcción del complejo; eso por parte suya, por nuestra parte tendríamos que acomodarnos al ruido del generador de energía durante el día, compartir la comida con los demás habitantes de la comunidad y trabajar en diversas tareas para el embellecimiento del lugar, con todo lo cual estábamos de acuerdo, e incluso reflejaba nuestra manera de hacer las cosas; "además tendrán que pagar $100 pesos por carpa y $30 más por persona cada día" Ahí hubo un silencio, que fue rápidamente llenado con un oportuno cambio de tema, hacia calendarios solares y nombres Mayas "We don´t do retreats here, we do advances, and we trive for abundance not for survival". Venditto quería vivir en abundancia a costillas de unos loquitos que necesitaban ofrecer su arte por algunos pesos en las terrazas de los restaurantes, y encima de cobrarles más de lo que costaba el mismo servicio en otros lugares, les exigía trabajo gratuito y soportar las condiciones de un lugar en obra negra.

Los loquitos se rieron, respetuosamente declinaron su propuesta. Sabían muy bien que no harían parte de un negocio enmascarado de monasterio. Resultó que Venditto se pronuncia vendido, ¿no, Negro? opinó Ia. ¿Ves lo importante que es leer bien los nombres? dijo Violeta.


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